AQUELLA MAÑANA DE REYES PERDÍ LA INOCENCIA. Hasta ese año, mientras otros críos de mi edad se mostraban ansiosos por hacerse mayores y destripar los misterios de la vida, yo me había negado a crecer, tal vez sospechaba que la ingenuidad iba a resultarnos más cara de lo que creíamos. La tarde anterior mis padres nos llevaron a los cinco hermanos a la mejor juguetería de la ciudad. Anduve por los pasillos como un sonámbulo, deslumbrado por las luces y las sirenas: coches, trenes, mecanos, caballitos de cartón, juegos reunidos, fortines con indios y vaqueros y, sobre todo, la inalcanzable bicicleta. De vuelta a casa, yo agobiaba a mi madre enumerándole, saltando de uno a otro juguete, mis preferidos, hasta que ella, con un gesto de lástima que entonces no supe interpretar, me preguntó si no prefería una raqueta de plástico. ¿A que no adivinas qué me dejaron los Reyes aquella noche?