MI VECINO Y MEJOR AMIGO nunca estaba listo a la hora de irnos al cole. Una mañana me harté y le lancé una candorosa maldición mefistofélica: «Algún día te haré esperar de golpe todo el tiempo que tú me haces esperar a mí». Fue una rabieta infantil que nunca se cumplió. Ayer mi móvil estuvo sonando toda la tarde. No lo cogí porque el número no figuraba entre mis contactos. Ya casi de noche llamaron al videoportero. Era un repartidor que llevaba horas intentando localizarme para entregarme un paquete urgente, decía. Me costó recordar que había comprado por internet unas cápsulas contra la pérdida de memoria, nada importante. Le abrí y me disculpé sinceramente por haberle hecho esperar. Me contestó con los ojos húmedos que se había propuesto entregármelo como fuera porque su padre siempre le decía que yo era el mejor amigo que había tenido desde que era pequeño. Y acababa de morir.