SOBRE UNA CAMA VERDE DEHESA, docenas de gusanos blanquinegros engullen con avidez parsimoniosa las hojas de mora que les sirven de cimiento y de alimento. La dueña, una cría emberrinchada en sus principios, quiere deshacerse de los díscolos que pretenden escapar de la caja de zapatos. Pero sus padres, mucho más pragmáticos, le advierten de que, para seguir siendo la reina de las criadoras, ha de contar con todos los gusanos, le gusten o no, y argumentan que cuando terminen de envolverse en la pupa amarilla que están tejiendo, todas las crisálidas serán igualmente opacas y ya nadie diferenciará unas larvas de otras. Un día eclosionarán y surgirá un ejército uniformado de mariposas ponedoras de huevos idénticos. Y ese día nadie volverá a acordarse de aquella adolescente que una vez fue rebelde con causa ni de los gusanos que acabaron transformándose en capullos. Capullos de seda.