A UNA MADRE TAN LLENA DE ESPERANZA como cualquier otra le han robado a la niña que parió hace quince años. Quince años para protegerla y un instante para exigirle a la muerte que se la llevara a ella en vez de a su niña. En vano. La diosa de la humanidad alumbra cada minuto miles de niñas en lugares separados por media circunferencia de un planeta demediado. En el lado bueno se despereza el pulso, pierde pie la urgencia y hasta la calma se encalma, pura vida. En el otro, pura muerte, explotan a placer las bombas de lujuria y los íncubos se ponen jesextender para mejor violar a niñas convertidas en cositas usables. El peor de ellos murió en prisión: la muerte tuvo que taparse la nariz al meter en una bolsa de basura el cadáver del monstruo que robaba niñas paridas quince años antes por una madre tan llena de esperanza como cualquier otra. Detrás de él, no se ve el final de la hilera.