DESPUÉS DE UNOS MINUTOS DE SILENCIO INCÓMODO, el conductor le preguntó, por romper el hielo, si era del Real Madrid o del Barça. Él contestó que no era futbolero y la respuesta, más cortante de lo que pretendía, pareció desconcertar al taxista. Se apresuró a suavizarla devolviéndole la pregunta. El taxista proclamó con orgullo que era del Atlético. El pasajero acudió al tópico de ensalzar la capacidad de sufrimiento de la afición colchonera —utilizó adrede la palabra— y le preguntó qué le parecía el Cholo. El conductor buscó en el retrovisor la mirada de aquel hombre que se decía ajeno al fútbol, pero hablaba de fútbol con moderación y simpatizaba por igual con unos y otros. En los meses siguientes subieron a su coche futboleros de todos los colores. Ninguno le interesó tanto como aquel pasajero del polo neutro que, sin ponerse del lado de nadie, se ponía del lado de todos.