ME CONTASTE DE NIÑO que un pobre visionario había muerto ejecutado por pretender redimir él solo a toda la humanidad. Luego crecí viendo que la maldad se abría paso con descaro, que la codicia dictaba las leyes y que la guerra se sentaba a nuestra mesa como una visita indeseada. Entendí que el sacrificio de un mirlo blanco no podía salvarnos y me puse a soñar. Soñé que nuestros amados muertos resucitaban y que ocupaban sus tumbas vacías los tiranos y los canallas, convocados por ti a una muerte sin posibilidad de resurrección, ni al tercer ni al enésimo día. Y entonces sí, acallados los malvados por el peso de la tierra, la humanidad se sintió al fin redimida. Mientras te dignas cumplir mi sueño —recuerda que no es de buena educación procrastinar—, aquí abajo seguiremos imaginando la paz y levantando los corazones a ti, casta diva. Ya se encargarán de venir a derribarlos otra vez.