ACABADA LA CENA, ENTRE RISAS Y BROMAS se adentraron en las turbulentas aguas de una conversación demasiado trascendente. Al poco, la vehemencia alcohólica sobrepasaba con creces a la sensatez y uno y otro se arrojaban los argumentos como cuchillos. El ciego bajó de pronto la voz y con calma medida desmontó, dato a dato y en pocas palabras, los razonamientos contrarios. Fue implacable. Después de un silencio agrio, el sordo dijo: «Es curioso, ahora te he oído perfectamente». Y luego le reprochó: «¿Has pensado alguna vez en el daño que puedes llegar a hacer con tu clarividencia?». El ciego, ufano aún por su intervención, no lo vio venir. Se hundió en una tristeza que desbordó toda su altanería. Y fue aún peor al día siguiente, después de horas de sueño y resaca, cuando en el desierto de la ostentación no quedaba ni rastro de vanidad, solo tristeza y silencio. Pero más clarividencia.