VIVÍA SOLITARIA EN LA COPA DE LA ENCINA más alta de la dehesa. Una mañana divisó a un cuco revoloteando sobre ella y desplegó las plumas de su cresta para cortejarlo. El cuco, tan cuco, se dejó seducir, se instaló en el nido y entre arrumacos tiró al suelo todos los huevos. La abubilla juró que no volvería a confiar en quien así la traicionaba no solo a ella, sino a todo un pueblo que, llegado el momento, halló polluelos de cuco donde esperaba encontrarlos de abubilla. Al año siguiente volvió a sentir la comezón del celo en la cúspide de la encina, y de nuevo moñeó con el cuco para atraerlo, aunque le hizo prometer por las plumas de su escápula derecha que respetaría los huevos propios. El cuco lo hizo, pero cruzando en secreto las garras, y volvió a repetirse la triste historia. Por su celo alojó la abubilla a un traidor en un nido okupado que apestaba como nido de abubilla.