NO LE QUEDABA ILUSIÓN PARA MÁS REGALOS. Sobres con mucho dinero y ningún esfuerzo, un rosario de Swarovski, un patinete eléctrico, un bebé hiperrealista de edición limitada que lloraba y movía la boca buscando el pezón. «¡Mírala, qué madraza va a ser!», se emocionaba la tita escupiendo perdigones de langostino y garnacha sobre los manteles del lujoso restaurante, venta con ínfulas. La aprendiz de novia, fermentando por el calor dentro del vestido aún inmaculado, zarandeaba al muñeco con la brusquedad de una criatura consentida, le embutía el chupete, lo ametrallaba a besos de abuela, se lo acercaba a su pecho infantil. Parecía una madre cansada de jugar a ser cría. Mientras los adultos bailaban reguetón y pasodobles, la vi perderse camino del baño cargando con el muñeco. Y durante un instante tuve la sensación de estar viendo no a una niña, sino una vida usada ya antes de empezar.