LLEVABA TODA LA VIDA SENTÁNDOSE CADA TARDE en el mismo banco del parque. De niño, para recargar las pilas entre juego y juego. De mayor, al salir del trabajo para recargar las pilas y congraciarse con la jornada. Ahora, ya jubilado y solo, para recargar las pilas tras la larga caminata diaria que le ayuda a mantener a raya el colesterol. Desde ese banco ha visto plantar acacias y talarlas cincuenta años después, cambiar los columpios diez o doce veces y pasar generaciones de perros, al principio brincando atolondrados y al final sin apenas poder caminar. Ayer le quitaron el banco. Se desorientó, no supo adónde ir. Se sintió como si un tironero acabara de robarle las tardes y los recuerdos. En su lugar, el ayuntamiento había instalado una columna metálica. La miró con desconfianza durante unos segundos y se acercó para leer un letrero que decía: «Recarga aquí tu patinete eléctrico».