ENTRÓ ENVUELTA EN MIRADAS Y pensamientos inconfesables, exhalando una serenidad que volvía aún más ruidoso el silencio con que la desnudaban. En realidad, nadie esperaba oír nada interesante de aquella especie de adorno en medio de una tertulia de rostros desenfocados y ceños solemnes. Pero cuando llegó su turno, su voz inundó el estudio y empezó a desgranar argumentos con una sagacidad incómoda. Los tertulianos dejaron de admirar su belleza y prestaron oído, suspicaces y nerviosos, a cómo desmontaba tópicos con una facilidad irritante y dejaba al descubierto miserias del oficio que los demás llevaban décadas intentando ocultar. Hasta que llegó el momento por el que realmente había aceptado la invitación a la tertulia: revelar al mundo el precio de su éxito. Cuando terminó, abandonó el estudio corriendo entre lágrimas. Los tertulianos bajaron la mirada. Y respiraron aliviados.