ESTE BARRIO YA NO ES LO QUE ERA —cabecea nostálgico—. Ni los vecinos, ni las tiendas, ni los bares… Ya no queda nada de aquellos tiempos». Ella sonríe, intenta no desconcentrarse mientras le prepara las pastillas del mediodía y las apila entre la copa de vino tinto y el plato de exquisitas alubias con chorizo que ha guisado para él. Una tarde, doblando ropa recién planchada, la venezolana comentó que estaba pensando volverse a su país. Él respondió que era lógico que lo echara de menos. Pero aquella noche la angustia lo despertó a las tres de la madrugada. Al amanecer aún estaba sentado en la cocina, haciendo números. En cuanto ella abrió la puerta, le preguntó ansioso: «¿Cuánto dinero necesitas para quedarte?». Ella sonrió enternecida, contuvo el impulso de acariciarle la cara y le dijo: «No se me apure, mi viejito, ya verá cómo en este barrio encuentra enseguida a alguien que lo cuide».