DESDE QUE EMPEZÓ A FALLARLE LA MEMORIA llevaba en el bolsillo una libreta con su dirección, el teléfono de la vecina por si una urgencia y un nombre de mujer que se repetía en todas las páginas. Lo escribía él mismo, siempre con mayúsculas y en el centro de un corazón tembloroso. De vez en cuando abría la libreta, leía el nombre y sonreía con una emoción que ya no sabía explicarse. Cuando murió, su único sobrino vació el piso para alquilarlo por semanas en verano y rebuscó por si hallaba algo de valor. Solo encontró esas cosas inútiles que los ancianos guardan para un por si acaso que nunca llega y, al fondo de un cajón, un segundo cuaderno mucho más viejo cuyas páginas estaban llenas de listas de la compra: pan, leche, huevos, rara vez carne… y el mismo nombre que aparecía en cada página de la primera libreta. El nombre de la tendera que durante años le había fiado la comida.