LE COSTÓ DOS SEMANAS ENCONTRAR un cubo, un rastrillo y una pala de plástico. Dio con ellos en una tienda de juguetes antiguos, entre un Cinexin y un caleidoscopio de cartón. Por la tarde llevó a su nieta a la playa y le enseñó a hacer castillos de arena: elegir el sitio perfecto de la orilla, el grado justo de humedad de la arena, apretarla con paciencia en el cubo, desmoldar las torres sin que se desmoronen y coronarlas con conchas. Al terminar, la niña se pegó a su abuelo, alargó el brazo e hizo un selfi con el castillo detrás. Comprobó la foto, sonrió, volvió a la sombrilla y se zambulló en la pantalla. El abuelo se quedó solo, descolocado junto al castillo mientras la marea empezaba a subir. Entonces lo pisoteó una y otra vez repitiendo por lo bajo la consigna de su infancia: «¡Yo que lo he hecho, yo que me aprovecho!». El mar quiso sumarse a la ceremonia y lo arrasó de una oleada.