DESDE EL PRIMER DÍA DE AGOSTO los emigrantes se adueñan de la taberna de Sidro. «Ya están aquí los golondrinas», refunfuña Eladio, ahogando su mala leche en un vaso de vino tinto. «¿Por qué les llamas así?», se interesa el sobrino adolescente de Sidro. «Porque se nos meten en el pueblo y ya no se van hasta que acaba el verano». Entra don Jacinto, CEO de una gran empresa alemana, travestido de guayabera, bermudas y gorra de lino. Saluda efusivo abriendo los brazos. Todos le reconocen y se apresuran a alabar su aspecto y su éxito, que él se encarga de subrayar invitando a manos llenas. «¡Sidro, pon aquí unas bravas, que invita don Jacinto!», ordena, refiriéndose a sí mismo. Tres horas después, ebrio de gozo y alcohol, se despide de todos y sale enderezando su dudosa verticalidad. «¡Eh, Patata! ¡Que se te olvida la gorra!», le grita Sidro. Y don Jacinto, el Patata, se da la vuelta y sonríe.