EL RECIÉN JUBILADO SE QUITA EL POLO y deja que la gravedad negocie con sus carnes sin rencores ni nostalgias. Demasiados amaneceres para andar fingiendo tersuras. Mira la hilera de tumbonas vacías y decide regalarse toda una tarde frente al mar por cinco euros. Se tumba, no para descansar, sino para cobrarle al horizonte una de las muchas puestas de sol memorables que aún le debe, cruza los dedos, antes de que le pasen la factura. Cuando la tarde empieza a caer, una sombra se interpone entre el sol y sus ojos cerrados. Es una muchacha preciosa que lo mira desde arriba. Él le sonríe ilusionado. La chica se señala discretamente el reloj. Él no comprende qué pasa. La chica murmura: «¿Desea renovar?». La vida entera oyendo que al jubilarse tendría todo el tiempo del mundo y resulta que hasta los atardeceres funcionan por suscripción. Rebusca en el bolsillo y saca otros cinco euros.