DESDE QUE SE JUBILÓ, EL PROFESOR DE FILOSOFÍA se obsesionó con que llegaría al final de su vida sin haber logrado comprenderla. Apenas había dormido por culpa del calor. Bajó temprano al parque y buscó un banco a la sombra. Abrió el cuaderno y escribió: «El dios Tiempo, la vida y su contraria, la nada». Iba a añadir «el silencio» cuando un operario municipal puso en marcha un soplahojas a pocos metros. Cerró el cuaderno y se refugió en una cafetería. Pidió un café solo, abrió de nuevo el cuaderno y añadió a la lista: «El soplahojas. ¿De qué clase de mente perversa habrá salido un invento así?». En ese momento el camarero hundió la boquilla del calientaleches en una jarra metálica y un chiflido insoportable atravesó el local. Debajo de la pregunta escribió: «De la misma mente amargada que inventó el calientaleches». Se quedó pensando. Tachó la frase y escribió: «Del mismo ingeniero sordo».