UNA SERPIENTE INFINITA DE AMARGURA Y MALA LECHE se arrastraba perezosa sobre sus mil ruedas. A cada diez metros, luces de freno y parón. Y eso que lo había calculado al minuto integrando todos los parámetros de la ecuación: número de desplazamientos ya registrados durante el viernes y el sábado, según la tele; condiciones meteorológicas desde primera hora de la madrugada del domingo a lo largo de todo el trayecto; posibles fiestas locales de los pueblos por cuyas cercanías tendrían que pasar… Ciento cuarenta y nueve cálculos después dio con la hora perfecta para ponerse en carretera y estar a mediodía en casa sin soportar ni un solo atasco: las 4:37 de la mañana. «Será nuestra hora secreta», bromeó con la familia. Primera, acelerador, diez metros más y nuevo parón. Desde el asiento trasero su niña le preguntó cándida: «Papá, ¿cómo se ha enterado tanta gente de tu hora secreta?».