MARICARMEN VIAJABA SIEMPRE EN EL MISMO ASIENTO. Desde que era niña. Primero con su padre, luego con su madre y cuando los dos faltaron, sola. Guardaba como un seguro de vida el billete, amarillo y quebradizo después de más de setenta años. Una mañana, el revisor lo examinó detenidamente. Negó con la cabeza: ya no servía. Tendría que pagar cinco veces más por el mismo asiento. Ella alegó llorando que no tenía dinero. El revisor se encogió de hombros. Una viajera se ofreció a pagar la diferencia. El revisor dudó y fue a consultar por teléfono. Imposible: la compañía necesitaba disponer libremente del asiento. Maricarmen tenía que salir del autobús. Se levantó y acarició el respaldo, que aún conservaba la forma de su cuerpo. La apearon en la mismísima parada del cementerio. El autobús arrancó y siguió su camino. En la terminal esperaban unos tipos de mal fondo y aspecto de buitres.