VOLVÍA LOS OJOS CADA VEZ que pasaba cerca de la casa donde se creyó feliz hasta que una tarde de invierno lo traicionó y se derrumbó sobre él en una avalancha que le enterró el alma. En primavera decidió enfrentarse por primera vez a sus temores, y miró hacia la casa. Las hojas de los árboles habían ocultado tras la espesura la fachada cruel. Suspiró aliviado. Se preguntó cuánto llevaría ocultando la mirada a aquella imagen de recuerdos heridos sin saber que el tiempo balsámico la había transmutado en un muro verde, y se convenció de que la mejor manera de desarmar al miedo es enfrentarse a él. Y que la duda no es si plantarle cara o no, sino cuándo hacerlo. Una tarde de otoño, ya confiado, volvió a mirar. Los árboles habían perdido la hoja y dejaban otra vez a la vista la casa que tanto lo hería. ¿La moraleja? Dímela tú, que sabes que leer un cuento es terminar de escribirlo.