MUCHOS AÑOS DESPUÉS, frente al árbol de Navidad, los Reyes Magos habían de volver a burlarse de él regalándole unas gafas de última generación con inteligencia artificial incorporada. En la nota, escrita por alguno de ellos, o por los tres, o por la misma IA, leyó entre legañas: «¡A ver si así cambias de una puta vez esa visión catastrofista que tienes del mundo!». Le sorprendió el exabrupto, más propio de su cuñado que de una mágica y exótica monarquía, pero le venció la curiosidad y se encasquetó las supergafas, y se aplicó a ver los informativos y a leer los periódicos. «Es imposible que el mundo se esté convirtiendo por momentos en el cubo de basura venenosa y explosiva que estoy viendo. Estas gafas no funcionan», gruñó descompuesto mientras las arrojaba por la ventana. «Otra vez me han estafado los Reyes Magos. Prefería mil veces aquella raqueta de plástico». Pero funcionaban.