TODO LE DABA MALA ESPINA: la ambición del demente norteamericano, los últimos premios Planeta, una noticia contrastada y bien escrita, una conversación sobre política en tono educado, respetuoso, y hasta el lacrado silencio del vecino sordomudo en el ascensor. Desconfiaba de los regalos, descreía de las casualidades y recelaba de la buena suerte porque decía que algo malo vendría después. Sospechaba de todas las sonrisas y de las promesas más solemnes. Vivía de reojo, convencido de que el peligro nunca avisa. Y lo decía en voz alta, como un conjuro, lo repetía tanto que ya nadie se lo tomaba en serio: «Pues a mí me da mala espina, qué quieres que te diga». Ni de la buena cocina se fiaba. Anoche volvió a refunfuñarlo mientras esculcaba el exquisito lomo de merluza al horno que le sirvieron en su restaurante favorito. Pero esta vez tenía razón: casi se ahoga con una mala espina.