DESAPARECIÓ SIN DEJAR MÁS RASTRO que una esposa desconcertada y un portátil blindado. Tenía sólo tres oportunidades antes de que el ordenador se bloqueara. Se sentó frente a la pantalla y probó con el nombre de él. Acceso denegado. Tecleó la fecha en que se conocieron. Acceso denegado. Escarbó en sus recuerdos y encontró la contraseña con que sellaron su complicidad para cuando uno de los dos desapareciera. Acceso permitido. En el escritorio, un vídeo: «Final». Le tembló el dedo al pulsar el ratón. Apareció él derrotado: «Ahora ya sabes quién soy de verdad. Perdóname». A su espalda, la bandera tras la que se escondió toda la vida. Fin de la grabación. Sintió ganas de llorar. Se arrepentía de no haberle confesado que también ella había ocultado su auténtica bandera durante años: «Podíamos haber sido tan cómplices…». Se refugió en la contraseña del portátil: «Nunca-te-arrepientas».