¿Y AHORA qué hago para que sigan respetándome? Examino sus debilidades: deseos, frustraciones, soledad… Debería repartir falsos techos entre los destechados, compañía virtual para los solitarios, exquisitos placebos para los desahuciados, jarabe de glucosa entre los amargados y luz de luna para los lunáticos. Claro que ellos tendrían que pedir un crédito con el que pagar mis remedios milagrosos. Y en ese caso, ¿no sería mejor olvidarme de menudeos y convertirme yo mismo en capo supremo? ¿No debería colgar la toga y asaltar, por la puerta de atrás y con todas las de la ley, cualquier gran banco?