ACEPTÓ SIN PENSARLO. No por dinero, que le sobraba, sino por la vanidad de ganar un nuevo reto y deslumbrar a su mujer, de la que seguía enamorado. Treinta años de ejercicio le habían enseñado que la verdad es terca como una mula, pero que es la justicia la que tira del ronzal. La instrucción, demoledora: grabaciones, testimonios y la pericial concluyente de la autopsia de una niña violada. Miró a los ojos de su cliente y no tuvo ninguna duda de que era culpable. Armó la defensa con su maestría habitual, cuestionó los indicios, sembró dudas, erosionó cada certeza hasta reducirla a una simple opinión. El jurado escuchó, embebido, al funambulista del estrado. Absolvieron. Por la noche brindó con su mujer como tras cada triunfo, pero ella no alzó la copa. «Tenemos que hablar», dijo. Se puso a la defensiva. Ella le confesó que se había enamorado de otro. Un hombre sencillo, gris, honesto.