PASABA POR LA TIENDA DESAHUCIADA y veía cómo la mugre y la indolencia empañaban el escaparate, el toldo era una lengua deshilachada y los gamberros vandalizaban el cierre con firmas de aerosol garabateadas sólo para dejar constancia de que cualquiera podía profanar al moribundo. Aquel comercio fue un rincón de mi infancia. Me habría aliviado conocer antes el secreto que luego me contaron: que en la trastienda la casa sigue iluminada, que hay una mesa puesta cada mediodía entre risas contenidas, un dormitorio donde los niños leen libros, ajenos al resplandor de las pantallas, y unos padres que decidieron bajar la persiana e ignorar al mundo no por rendirse, sino por proteger del ruido y de la furia lo poco que aún conservaban: el futuro de sus hijos. Lástima que quien me lo contó no lograra explicarme de qué viven, ahora que la tienda está cerrada. Necesitaba creerme el cuento.