LLEGÓ, SE ASOMÓ PLAÑIDERA A LA PECERA DE LA CAPILLA ARDIENTE y tomó asiento con cuidado de ocultar su mirada fiscalizadora tras una careta de resignación. En menos de un minuto localizó entre los deudos a la nuera embarazada, otra vez, y a la vecina adúltera de siempre. Echó en falta al primo, «que no habrá venido porque todos saben ya lo suyo». Se santiguó, se sirvió un café del termo del cáterin y atacó sin piedad la bandeja de las medialunas. Entre sorbo y sorbo repitió cinco veces «Qué lástima, tan joven, siempre se van los mejores, esta vida es una tómbola», sin apartar la mirada de la minifalda de la viuda, que «ni que se fuera de fiesta». Cuando el cortejo enfilaba la capilla, aún le espetó a una desconocida: «Esto ya no es lo que era. Antes se comía menos y se lloraba más». Y salió, dignísima, con tres bombones en el bolso para su nieta y una conciencia resplandeciente.