CUANDO SE FUE LA ÚLTIMA ESTUDIANTE, el joven vigilante sustituto dio por inauguradas sus particulares vacaciones de verano. Cada noche elegía una habitación, se tumbaba sobre la colcha e imaginaba la vida de su inquilina a partir de los pósteres de las paredes y del olor del armario. A finales de julio escogió la 312. Abrió. Descubrió a una muchacha rodeada de apuntes y latas de conserva. Había dicho en recepción que se volvía al pueblo y en casa que trabajaría mientras recuperaba un par de asignaturas. Le contó al vigilante que había suspendido casi todas y no se atrevía a decírselo a sus padres. También había roto con su novio del pueblo. El vigilante empezó a compartir con ella su comida. Se hicieron amigos. Cuando llegó septiembre volvieron a la calle. Su madre la llamó para preguntarle cuántas asignaturas había recuperado. Ella sonrió al vigilante y respondió: «Una. Por ahora».