SIEMPRE COMÍA SOLA. Hoy, en su estricta intimidad, mordisqueaba aburrida una hamburguesa. Paró, se tapó la boca con una mano y se llevó la otra a los dientes. Se dio cuenta tarde de que alguien la había visto: un hombre que dos mesas más allá también comía solo. Bajó la mirada. Él sonrió y apartó los ojos. Poco tiempo después era él quien notaba algo atrapado entre dos muelas y, creyéndose a salvo de testigos indiscretos, hizo lo mismo. Miró hacia ella: lo estaba mirando. Los dos sonrieron, pero ahora cómplices. Él pensó que quizá su soledad se debiera a haber esperado demasiado tiempo una magnífica coincidencia así de estúpida. Terminó la hamburguesa mientras rumiaba cómo acercarse a ella. Ella vio aproximarse al camarero y sonrió un segundo a su cómplice de la hebra de carne entre los dientes. El camarero se sentó a su lado, la besó y le preguntó: «¿Qué tal la hamburguesa, amor?»