NO NOS LLEVAMOS el vecino del sexto y yo. A mí no acaba de cuadrarme su pinta de curita y supongo que a él tampoco la mía de hereje, así que procuramos no coincidir en el ascensor. Desgraciadamente, el horario de nuestras respectivas obligaciones nos pone más a tiro de lo que quisiéramos y, como somos lo bastante educados para no desairarnos, nos metemos a regañadientes en el ascensor. Tras unos segundos embarazosos, él decide hablarme. Del tiempo, claro. Aunque, después de otro silencio incómodo, se le ocurre preguntarme qué tal el Domingo de Resurección, con una sola erre. ¡A mí, que además de ateo soy un talibán de la gramática! Le corrijo con la boca tuerta y él me escupe un «¡Pedante!» que aún me duele. O serán los puñetazos, porque a partir de ahí nos liamos. Si eres un ignorante tendrás que aguantar las críticas, meapilas. ¡No puedo con la intolerancia!