LAS VOCES SE OÍAN en toda la oficina. Ella se desgañitaba al teléfono: «¡Cómo que no quieren ascenderme! ¿Y si tú no eres capaz de presionarles, para qué te metiste a sindicalista, aparte de para tocarte las… narices con el pretexto de las horas sindicales?». Al otro lado del aparato, el sindicalista se defendía atacando: «¡Nosotros luchamos por los derechos de todas las trabajadoras y los trabajadores, no por los caprichos de una niñata!». «¡A la mierda!», gritaron al unísono, y colgaron de golpe. Resoplaron, se levantaron y salieron a la vez de sus despachos para tomar aire. Coincidieron en el pasillo, como siempre. «Joder, ¡qué a gusto se queda uno después de una buena bronca!», sonrió él aliviado. «Pues sí —confirmó ella–, y qué inteligente decisión separar lo profesional de lo personal. ¿Un té verde?». «Para mí, rojo», matizó él, y añadió: «Hoy recojo yo a los niños».