Es la proximidad latente de nuestros cuerpos, el delicado aroma de tus manos, la manera en que recorres mi boca con tu mirada (tus ojos entrecerrados tejiendo pensamientos que yo no podría ni imaginar) mientras colma nuestra habitación una canción enamorada. Es la delicadeza exquisita con que rozas mis labios, la elegante sedosidad de tus dedos, el susurro de tu voz cabalgando entre un ruego y un deseo dulcemente imperativo. Es mi sueño coronado. Pero también es el dolor de saber que todas las coronas tienen un precio. El de esta, quinientos pavos. Si es que no han subido, como los empastes.