NO RECUERDO CÓMO llegué a aquella sidrería de Cimadevilla donde, jaleado por mi turbación alcohólica, eché a cantar a desgarro: «¡Nuestras voces se alzan!». Un espontáneo aprovechó el silencio para colar un «¡Puxa Asturies!» que, lejos de acobardarme, me estimuló. «Nuestros cielos se llenan de banderas», proseguí, y el barítono destemplado encabalgó a compás: «Con una cruz de la que cuelgan dos letras: alfa y omega», y lo encajó impecablemente en la música. Extremeño y asturiano caímos en la cuenta de que coincidíamos al celebrar el día de nuestras respectivas patrias, el 8 de septiembre, Natividad de la Virgen, y gritamos pletóricos: «¡Viva la Virgen! ¡Y viva la patria!», y, ya puestos, desembocamos en el antaño himno de los borrachos: «Asturias, patria querida…». Si nos llegan a ver Puigdemont y todos los catetos nacionalistas del mundo habrían llorado de emoción, ¡sobrios!