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Carlos Pajuelo

Escuela de Padres

Niños que duermen mal, padres que duermen peor

Niña durmiendo con osito.

Niña durmiendo con osito.

Mi amiga Paqui cada vez que se hace un juramento de los de “hoy es la última vez” (la última vez que como donuts de chocolate, la última vez que le grito a los niños, la última vez que recojo los juguetes, etc), me llama como si yo fuera la Virgen de  Lourdes para que le ilumine sobre cómo ser fiel al juramento. Yo, que ya le conozco unas dos docenas de juramentos, le sigo poniendo el mismo interés y atención que en el primero.

Recuerdo que uno de sus primeros juramentos fue el de “hoy es la última vez que acuesto al niño en mi cama”. Les cuento la conversación que tuvimos hace unos años:

“Mira Carlos, muchas noches, de madrugada, me sucede  algo parecido a esto: siento un codazo que me despierta seguido de un ¿está llorando el niño?.  En ese momento yo soñaba que estaba en una playa caribeña a punto de tomarme una piña colada, así que me sobresalté y, una vez recobrada la orientación y el sentido de la realidad, me incorporé sobre la cama y, efectivamente, pude escuchar cómo Antonio (que tendría unos 2 años en aquella época) estaba llorando como todas las noches, desde hacía más de 365 noches, a las tres y 18 de la madrugada.

Mientras tomaba conciencia de las diferentes partes de mi cuerpo volví a escuchar a mi Tomás: “Paqui, Paqui ¡¡¡los vecinos!!!” así que, como una zombi, me tiré de la cama y me fui al cuarto de Antonio. Era lunes o miércoles o viernes, que son las noches que me toca levantarme a mí. Eran las tres y dieciocho, ni más ni menos, lo decía el reloj, y lo decía el sueño profundo que me asaltaba. Y allí me veía frente a mi hijo, que llora cada vez con más intensidad.

Y todos los días sigo la misma rutina:

Primero intento con chupete, acompañado de suaves “ea ea ea”. Al momento, el chupete sale disparado vete a saber dónde.

Segundo, meter un dedo por el pañal para ver si había algún elemento extraño incomodando las posaderas de mi niño. El resultado de la exploración digital, como siempre, negativo. El niño se incorpora y llora. Madre mía, cómo llora. Pero yo sigo con el “ea, ea, ea”.

Tercer paso, a menear la cuna con una mano y con cierta virulencia, y con la otra y los pies, a buscar el chupete, sin encender la luz porque mi cuñada dice que la luz espabila a los bebés.  Antonio, con el incremento de meneíto, parece más irritado, así que llora más fuerte. Y yo, cada vez más fuerte el “ea ea ea mi niño, ea ea ea”.

Parece que llevo una eternidad levantada, y sólo han pasado 10 minutos con el “ea ea ea mi niño a dormir ¡ya!, ¡leche!”.

Algunos días, con suerte, esto dura una hora; otros días, dos,. Quiero decir que algunos días tardo una hora en coger al niño y llevármelo a la cama, y otros días aguanto dos horas. Pero eso sí, camino de la habitación siempre me decía eso de  “juro que hoy es la última vez”.

El problema de los niños que duermen mal es que terminan teniendo padres que  duermen peor. Y ambos, padres e hijos, sufren las consecuencias de esa falta de sueño: cansancio, dificultad para concentrarse, irritación. Y cansados e irritados es más complicado educar.

En esto del dormir nos encontramos, como en muchos otros aspectos de la vida, posturas más o menos enfrentadas: por un lado, los partidarios del Dr. Estivill,  que tiene como biblia  su libro “Duérmete niño, en el que defiende un método basado en el método Ferber”.

El objetivo de esta técnica es enseñar a dormir a los niños solos, sin ayudas externas. Se basa en crear hábitos a los niños, realizar rutinas y, en el caso de que hayan adquirido hábitos incorrectos, corregirlos de una manera muy concreta. El Dr. Estivill afirma que su método, que no es válido para todos los niños, tiene un 95% de posibilidades de éxito, aunque tiene también muchos detractores.

Por otro lado nos encontramos al Dr. James McKenna, que tienen como biblia Dormir con tu Bebé. Estos padres son partidarios del co-sleeping, que en castellano lo hemos traducido como “colecho”, padres partidarios de una crianza más natural, en la que los niños duermen con los padres hasta que tienen tres o cuatro años porque consideran que esto favorece el desarrollo emocional y el establecimiento de vínculos. Este método que, tambien tiene sus detractores, es muy habitual en paises orientales  como Japón y en el norte de Europa.

Todos los métodos tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y a los padres que se entregan a los métodos como si fueran dogmas hay que recordarles que la educación de los hijos requiere algo más que la aplicación inflexible de un método de crianza, requiere sobre todo tranquilidad, tener en cuenta las características de los hijos y también la de los padres, y paciencia.

Dormir es necesario para los hijos y para los padres. Os animo a que compartáis con otros padres lo que hacéis o habéis hecho para ayudar a vuestros hijos a regular el hábito del sueño.

Y no tengáis duda alguna que dentro de unos años dormiréis de forma continuada hasta que los ronquidos de vuestra pareja os despierten, hasta entonces mis mejores deseos de buenas noches y felices sueños.

 

Para saber más del método Estivill

Para saber más del colecho

La tarea de ejercer de padres

Sobre el autor

Carlos Pajuelo Morán, psicólogo y padre de dos hijos, ejerce su tarea de Orientador en el Equipo Psicopedagógico de Atención Temprana de la Consejería de Educación y Empleo. Durante 21 años ha sido profesor asociado en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. En este blog los padres y madres interesados por los temas de la educación encontrarán información fácil y accesible, basada en aportaciones de la psicología y la psicopedagogía, que les ayude a identificar las competencias y habilidades que como padres poseen y a utilizarlas de la manera más eficaz para poder seguir ejerciendo esta apasionante, aunque a veces ingrata, tarea de ser padres.


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