Luis tiene 16 años y, desde que empezó la Educación Secundaria, cada vez que se acercan las fechas de los exámenes cambia su carácter y se convierte en una especie de agonía andante que no hace otra cosa que repetir, generalmente delante de los padres: “no me lo sé, no me lo sé,” “se me olvida todo”, “yo no voy al examen”, acompañado todo esto de suspiros, angustia, llanto , dificultad para conciliar el sueño, irritación, molestias estomacales, etc.
Cuando vemos a nuestros hijos así de agobiados los padres tenemos una tendencia a terminar contagiados y entregados, la familia entera, al consumo de tilas. Padres e hijos suspirando por los pasillos, los hijos atenazados por el temor al fracaso, los padres paralizados por no saber cómo actuar.
¿Por qué ocurre esto?
Esto le ocurre fundamentalmente a hijos muy exigentes, muy perfeccionistas, hijos a los que les podríamos llamar Isidros o Isidras porque siempre están, ¿Y si no apruebo? ¿Y si no saco la nota? ¿Y si no le gusta?…¿ Y SI..? ¿Y SI? ¿Y SI?… siempre están pensando en la peor de las posibilidades.
Ocurre porque los hijos tienen la buena costumbre de parecerse a sus padres y los niños agobiones suelen tener padres agobiones. Padres que viven los exámenes como si el destino de sus hijos se jugara en cada uno de ellos. Como si el futuro de los hijos dependiera de la nota media y, de la nota media lo que depende es el futuro académico, pero nada más que eso.
Los agobios llegan también porque también hay padres que hacen de las notas un tema de conversación recurrente, y desde que los niños son pequeños escuchan eso de “tú eres de sobresaliente!!!!!”, “las notas son muy importantes”, “tu única preocupación ahora deben de ser tus estudios”, etcétera.
Los hijos, desde pequeños, comienzan a intuir que lo que pone a sus padres como locos es el boletín de notas, y que si éste va lleno de “nuevedieces” les brillan los ojos, llaman por teléfono a las abuelas y tíos, y hacen fiestas, y son felices al grito de “hemos aprobado”, mientras que si el boletín va lleno de regulares notas todo se circunscribe a un simple “has vuelto a suspender”.
El éxito escolar se comparte por la familia mientras que el fracaso, como las hemorroides, se sufre en silencio y soledad.
Ocurre porque también se utilizan las notas como medida de comparación, más nota que…, menos nota que…; igual nota que tu hermano, tu primo, tu vecino. Y las comparaciones, además de ser odiosas, son tremendamente injustas. De hecho, cuando nuestros hijos nos comparan con otros padres nos molesta. Y mucho.
Algunos chicos, son además prisioneros de presiones poco realistas, y se ven inmersos en una batalla que les supera. Ser como papá o como mamá, seguir la “dinastía” familiar, etc. Ser lo que los demás creen que debes de ser.
¿Qué podemos hacer los padres?
“Los hijos son más que las notas que obtienen” dice mi amigo Pedro Pérez, y tiene más razón que un santo.
1) Cuando nuestros hijos comienzan a agobiarse por el tema exámenes, además de las tilas y los complementos vitamínicos, lo que más necesitan nuestros hijos son unos padres tranquilos: Tranquilos para hacerles ver que eso que les está ocurriendo es normal, que eso que nos están diciendo, ya nos lo dijeron la evaluación pasada, y la anterior, y la anterior, etc. y recordarles cómo lo afrontaron, y la nota que obtuvieron.
2) Tenemos que hacer ver a nuestros hijos, que nosotros, los padres, lo que valoramos es el trabajo que han hecho durante el curso, y que lo importante es lo que se ha trabajado.
Debemos hacerles entender que sólo suspenden los que se examinan y cuando nos dan un revés, por injusto que sea, uno se levanta y sigue luchando. Valoramos la constancia. Y les hacemos ver que tropezarse, que tener fracasos, es algo natural de los que intentan hacer cosas.
3) También tenemos que esforzarnos en que entiendan que sus pensamientos regulan su conducta, y que si piensan “me voy a quedar en blanco”, se están entrenando para eso. Cuando te digan que se han quedado en blanco, pídeles que se sienten, que se tranquilicen, que cojan un lápiz y un papel, y que esperen hasta que se acuerden.
4) También debemos enseñarles que para poder afrontar un examen con éxito hay que estar “activados” para que nuestra memoria funcione mejor.
Los únicos que van tranquilos a los exámenes son los que no han dado ni golpe (que tendría delito que, encima, fueran nerviosos) y van al examen a ver si hay suerte. Los hijos deben de reconocer los síntomas del estrés como algo necesario para poder rendir más y mejor.
5) Y sobre todo, tienen que saber que el mundo no se termina nunca después del examen. Que, pase lo que pase, siempre hay un plan B o plan C que podemos ejecutar.
Es fundamental ayudarles, y ayudarnos a distinguir que una cosa son los deseos, ilusiones y las fantasías y otra cosa lo que es posible.
Otro día hablaremos de lo que podemos hacer con los que no se agobian porque no estudian.
Los hijos, nuestros hijos, ¡hay que ver lo que entretienen!