He leído Hamnet, una preciosa novela de Maggie O’Farrell, y me ha gustado mucho, me ha hecho pensar, sentir, me ha permitido quedarme ratos en silencio. Es una novela triste pero también es una novela real, que cuenta una tremenda historia, una historia que penetra en lo más profundo de ti, la muerte de un hijo. Una novela en la que el dolor por la muerte del hijo aparece no como concepto, ni como diagnóstico, ni como manual de supervivencia, sino simple y sencillamente como vida. Como herida del amor o como amor herido.
La muerte de un hijo no se entiende desde fuera. No del todo. Desde fuera podemos acompañar, abrazar, podemos intuir el abismo, pero no se puede vivir. Porque perder a un hijo no es perder a alguien, perder a un hijo es perder un futuro, es perder el orden natural de las cosas, es sentir que algo que no debía ocurrir ha ocurrido, y que desde ese instante el tiempo ya no se mide con minutos, se mide con dolor, con pena, con lágrimas húmedas y secas.
En Hamnet no hay grandes discursos sobre el dolor. Hay gestos pequeños y poderosos silencios. Hay dos padres que sufren distinto. Un hogar que se vuelve raro porque hay una ausencia que ocupa espacio, mucho espacio. Y eso es lo que más enseña: que el duelo no es una cosa que se “supera”, sino una forma de seguir viviendo con algo que ya no se puede reparar.
Vivimos en una época que tiene prisa hasta para el dolor. Queremos que todo pase rápido, que el sufrimiento se ordene, que el duelo siga un camino previsible. Y cuando no lo hace, cuando alguien sigue llorando, cuando sigue recordando, cuando pronuncia el nombre del hijo que ya no está, aparece esa palabra tan fría, tan injusta: patológico.
Como si amar demasiado fuera un problema. Como si el recuerdo fuera un síntoma. Como si el dolor tuviera que pedir perdón.
El duelo por un hijo no es una enfermedad, es una carta de amor en la que no podemos escribir la dirección del destinatario. Es la necesidad de mantener una fidelidad profunda. Lo patológico no es llorar. Lo patológico es obligar a alguien a callar su amor, a esconderlo, a fingir que ya está bien para no incomodar a los demás.
Desde fuera decimos frases bienintencionadas. “Tienes que ser fuerte”, “El tiempo lo cura todo”, “La vida sigue”. Y sí, la vida sigue, pero no igual. Sigue con vacíos que ocupan todo el espacio. Sigue con una parte del corazón arrancado en otro lugar.
Un hijo no es un capítulo que se cierra, un hijo es como un tatuaje, un nombre escrito en la piel, por eso es imposible pasar página. Se aprende, con los años, a vivir con esa ausencia, a ratos con rabia, a ratos con ternura, a ratos con calma. Se aprende, sí, a vivir con el vacío que ocupa.
Y, sin embargo, leer Hamnet también nos deja otra cosa, una enseñanza que no viene desde el miedo, sino desde la razón. Nuestros hijos están aquí ahora. Vivos. Con su ruido, con sus enfados, con sus pantallas, con sus silencios y con sus preguntas. Y a veces vivimos como si fueran eternos. Como si el tiempo estuviera garantizado y no lo está.
Abre los ojos y recuerda que lo cotidiano, el día a día, es un milagro sin ínfulas. Que los “¡mamá!” repetidos una y otra vez son un tesoro. Que el abrazo que hoy damos sin pensar puede ser mañana un recuerdo.
Así que llénate de recuerdos ahora, mientras estén aquí, mientras respiren en la habitación de al lado, mientras podamos escuchar su risa o sus enfados… aprovechemos. Pero nada de vivir desde la angustia, hazlo desde la gratitud.
A veces la vida nos enseña demasiado tarde que lo más importante era esto: estar.