Hay padres y madres que un día, generalmente después de la bronca número 347, se hacen una pregunta que les produce una enorme culpa, “¿Cómo es posible que con lo que quiero a mi hijo/hija, ahora no lo soporte?”.
Tranquilos. Tiene nombre. Se llama hijomialgia. No lo busquéis en Google porque me lo inventé hace años. Pero existir, existe, y tú lo sabes. La hijomialgia aparece cuando llevas una buena temporada discutiendo por todo, por la hora de llegada, por el móvil, por los estudios, por la habitación, por cómo te habla, vamos por lo que hace y por lo que no hace y llega un momento en el que no estás enfadado por lo que hace tu hijo, estás enfadado con tu hijo.
Ahí está el problema, porque tu hijo no es su desorden, ni sus malas contestaciones, ni su pasotismo, ni sus desplantes. Igual que tú tampoco eres solamente ese padre o esa madre que grita, amenaza con quitarle el móvil hasta que cumpla cuarenta años o termina diciendo cosas de las que después se arrepiente. Cuando estamos conviviendo en un ambiente de conflicto dejamos de ver conductas y empezamos a ver personas.

Fijaos que en el momento en que padecemos hijomialgia, ya no pensamos en que no nos gusta cómo nos está hablando, pensamos “no lo soporto”, y de ahí al “le estoy cogiendo manía” hay un telediario. Padecer hijomialgia no significa querer menos a tus hijos, significa que estás cansado, frustrado, preocupado o desbordado.
Cuando la relación con tus hijos comienza a llenarse de peleas, lo primero que tienes que hacer es dejar de decir: “hijo, hija tienes que cambiar, no puedes seguir así” y recordar que para ayudar a tus hijos TU TIENES QUE ESTAR TRANQUILO, no puedes perder los papeles y comportarte igual que tu adolescente, porque en los conflictos alguien tiene que intentar no echar más leña al fuego. Y, mira que suerte, ese alguien eres TU.
Comprender no es justificar
Esta es una de las ideas más importantes de la educación, intentar comprender por qué un adolescente se comporta como si fuera un aprendiz de psicópata no significa que le permitas que haga o diga cualquier cosa. Se puede comprender que esté enfadado, pero no aceptamos el insulto; se puede comprender que quiera llegar más tarde, pero mantenemos la hora de llegada; se puede comprender que necesite privacidad, pero mantenemos unas mínimas normas de convivencia. Comprender nos ayuda a educar mejor.
No entres en todas las batallas
Ten cuidado con tu pensamiento porque cuando los padres nos sentimos heridos, empezamos a azuzarnos con pensamientos que en vez de calmarnos nos van poniendo cada vez más flamencos y recuerda lo que te dice Pajuelo, de padres flamencos hijos Farruquitos.
Si tu hijo no te habla, tú sí puedes hablarle
No permitas que el comportamiento de tu hijo decida qué clase de padre o madre vas a ser tú, si no te habla, tú puedes hablar; si te pone mala cara, tú no necesitas ponerle una peor (esto no es una competición de “farmear aura”. Educar requiere mucho más autocontrol que autoridad.
Pon nombre exactamente a lo que te molesta
Cuando etiquetamos a una persona dejamos de buscar soluciones, pero cuando describimos una conducta podemos pensar qué hacer con ella.
Mantén los límites, pero pon a salvo el afecto
Los adolescentes necesitan límites, aunque protesten contra ellos, pero necesitan algo más, necesitan saber que el conflicto no pone en peligro la relación. (Aunque te digan a gritos que no te soportan, que están deseando que llegue el día en el que se vayan de casa y otras lindezas por el estilo.) Puedes estar muy enfadado con tu hijo, pero sigue recordándole que lo quieres.
Los adolescentes están aprendiendo a pensar por sí mismos, a equivocarse, a discutir, a construir su identidad y a hacerse responsables de su propia vida, y este es un aprendizaje que puede conllevar mucho ruido. Tu tarea como madre o como padre no es ganar las discusiones, nuestra tarea consiste en seguir siendo adultos mientras ellos aprenden a serlo. Así que, si estas pensando que le tienes “manía” a tu hijo o hija adolescente, se bienvenido nido al club de la hijomialgia.
Educar a un hijo consiste en que, incluso en los días en los que resulta difícil convivir, seguimos haciendo nuestro trabajo de padres. Mañana será otro día. Y la adolescencia pasa, todo pasa.