Hay padres que miran, con el corazón encogido, a sus hijos tumbados en la cama, con el móvil constantemente en la mano y su cuarto hecho un escenario del caos, y se miran y repiten una letanía que les tranquiliza: “Es muy inteligente, no te preocupes.”
Y así pasan los días. Y los cursos. Y a veces, los años.
No es desinterés, se dicen. No es desgana. Es que va sobrado. Es que se aburre. Es que todavía no ha encontrado lo suyo. Es la edad. Son las dichosas maquinitas…

Esa frase, tan repetida, tan comprensiva, termina volviendo ciegos a los padres. No una ceguera cruel, sino una ceguera profundamente humana.
La ceguera del amor hace que veamos a nuestros hijos no como son hoy, sino como creemos que podrían ser mañana. Idealizamos su potencial y, sin darnos cuenta, lo confundimos con realidad. El verbo amar a menudo paraliza. Y en ese afán, a veces esperamos un milagro que nunca enseñamos.
La ceguera del miedo es más silenciosa. Es el temor a exigir, a frustrar, a poner límites que incomoden. Miedo a que se rompa algo: la relación, la calma en casa, la imagen de buen padre o buena madre. Y entonces se aplaza la conversación incómoda, la rutina necesaria, el “esto no puede seguir así”.
Pero la motivación no aparece por generación espontánea. No llega un lunes cualquiera como una revelación. La motivación se aprende. La motivación necesita modelos. Se construye cuando alguien te ayuda a levantarte aunque no tengas ganas. Cuando el deseo se entrena con hábitos pequeños, con responsabilidad, con acompañamiento firme y afectuoso. Cuando alguien confía en ti lo suficiente como para no resignarse a verte pasar los días tumbado esperando que todo empiece solo.
Ser inteligente no salva de la apatía. El talento no sustituye al esfuerzo. Y el amor, cuando es verdadero, no se queda mirando: interviene.
Quizá no se trate de que nuestros hijos despierten un día con hambre de mundo. Quizá se trate de enseñarles, poco a poco, a sentarse a la mesa.