A algunos niños el colegio se les presenta como un libro escrito en chino, en arameo o en na´vi. Y se pierden delante de esas esas páginas, las miran con atención, se esfuerzan, fruncen el ceño, lo intentan otra vez. Se desesperan. Las letras están ahí, claras, ordenadas, limpias, pero no le dicen nada. No aún. No a ellos. Y entonces alguien toma nota y piensa, “este niño no comprende, no atiende”. Y otro apunta, aquí hay una dificultad. Y luego, siempre llega uno que tiene más prisa y pronuncia la palabra que muchas veces llega demasiado pronto, diagnóstico.
Aprender siempre ha sido un asunto de torpeza. Se avanza dando tumbos, confundiendo una letra con otra, pensando que quizás, dos y dos pueden ser cinco. Aprendemos equivocándonos sin saber exactamente por qué. El error es una puerta abierta, una alerta, pero ahora lo miramos como una alarma. El fallo no se tolera, se vigila. Se mide. El niño que se equivoca demasiado empieza a inquietar, el que va lento incomoda, el que no encaja en el ritmo general parece estar siempre a punto de convertirse en otra cosa, en otra categoría, otro informe, otro nombre que explique por qué no llega. No es que fallen más, es que el tiempo se ha vuelto impaciente.

Hay niños que aprenden en silencio y otros que necesitan ruido. Algunos avanzan rápido y luego se pierden; otros tardan mucho y de repente comprenden todo. Hay quien necesita tocar las palabras antes de leerlas y quien entiende cuando nadie lo espera. Pero esta sociedad, y la escuela es sociedad, ama la media, la línea recta, el progreso visible. Todo lo que se sale de ahí se convierte en sospecha, y la sospecha, ya se sabe, busca confirmación. La infancia, que debería ser un territorio amplio, se ha llenado de líneas rojas.
Diagnosticar tranquiliza. Calma al adulto. Da la sensación de que el desorden tiene nombre. Cuando no sabemos esperar, ponemos etiquetas; cuando no sabemos enseñar de otra manera, señalamos al niño; cuando el sistema no se adapta, el que se adapta es el cuerpo pequeño que se sienta en la última fila. Hemos dejado de preguntarnos qué necesita para aprender y hemos empezado a preguntarnos qué le pasa.
Lo más grave no es la palabra escrita en el informe, sino la que se queda flotando en el aire. El niño la escucha y la entiende como puede, y suele traducirla mal: no valgo, hay algo mal en mí, los otros sí pueden. Así nacen identidades frágiles, niños que aprenden pronto a desconfiar de su cabeza.
Queremos niños perfectos, atentos, regulados. Queremos que no se equivoquen, que no molesten, que no tarden. Queremos resultados sin proceso, comprensión sin confusión, éxito sin error. Y luego nos sorprende que se rompan. No estamos criando niños incapaces, estamos criando adultos incapaces de tolerar la imperfección.
Claro que hay diagnósticos necesarios. Claro que hay niños que necesitan apoyos específicos, nombres que alivian, explicaciones que ayudan. No se trata de negar. Se trata de no confundir. No todo lo que duele es patología, no todo lo que cuesta es trastorno, no todo lo que tarda está roto. Tal vez habría que volver a mirar sin prisa, sentarse al lado, traducir, esperar, aceptar que cada aprendizaje tiene su tiempo y que nadie aprende en el primer día.
Quizá todo sea más sencillo de lo que parece. Quizá no haya que buscar tan deprisa lo que falla, sino entender primero el idioma en el que el niño está intentando aprender. El fracaso llega cuando le hacen creer que no entender es una culpa. A veces pienso que muchos niños no necesitan más refuerzos ni más informes, sino un traductor. Alguien que se siente a su lado y les diga: esto no es que esté mal, es que todavía no hablas ese lenguaje. Alguien que les devuelva el tiempo, el derecho a no saber, la calma de quien aprende despacio.