Hay un dolor profundo, un dolor que asfixia desde dentro, pero que es invisible e insonoro a los ojos y oídos de los demás.
Me refiero al dolor de una madre y de un padre que pierden a su hijo antes de nacer.

Pienso en las cunas que no llegaron a mecerse, en los nombres que nunca se pronunciaron, pero se quedaron a vivir en la garganta de una madre o en el silencio de un padre. Hijos que no tuvieron oportunidad, ni tiempo, para fotos, ni cumpleaños, ni recuerdos compartidos para poder recordar.
Pienso en el amor que sintieron esos padres, en el amor que queda porque hubo amor, hubo espera, hubo sueños, hubo un lugar ya reservado en la casa y en el corazón.
A veces no sabemos acompañar este dolor. Incapaces de tolerar el sufrimiento lo minimizamos, lo esquivamos y además lo acompañamos de frases hechas que duelen más que alivian, “ya vendrá otro” o “mejor ahora que después”.
Pero no. Eso no consuela porque no era “algo”, era un hijo o una hija.
Hay dolor a pesar de que no hubo llanto al nacer, y claro que se echa de menos cuando lo que no llega es una vida esperada, imaginada, amada desde el momento en que una mujer, un hombre tienen la confirmación de que van a convertirse en una madre, en un padre.
A las madres y padres que han pasado por esto: vuestro dolor es real. Vuestro hijo existió.
Y vuestro duelo merece respeto, nombre, tiempo y abrazo.