¿Qué te hizo aquella maestra que te enseñó a leer? ¿Qué te hizo aquel profesor que te enseñó cómo resolver una ecuación o quién fue Machado? ¿Qué daño te causó para que hoy hables de los docentes con ese desprecio tranquilo, cotidiano, casi automático?
Porque algo extraño está ocurriendo. Vivimos en una sociedad que afirma valorar la educación mientras sospecha constantemente de quienes la hacen posible. Una sociedad que exige a los docentes que formen ciudadanos críticos, responsables y competentes, pero que al mismo tiempo los considera responsables de cualquier fracaso educativo, emocional o social que afecte a niños y adolescentes.
Si un alumno no estudia, algo habrán hecho los profesores; si se comporta mal, la escuela no sabe educar; si tiene ansiedad, el centro debería haberlo detectado; si fracasa académicamente, el profesorado no ha sabido motivarlo; si pasa horas prisionero en las redes sociales, alguien en el instituto debería haberlo evitado. Pocas profesiones soportan una carga semejante de expectativas y culpabilización.
Y, sin embargo, la pregunta sigue en pie.
¿Qué te ha hecho tu maestra?
Quizá el problema sea que el profesorado se ha convertido en el último receptor de todas las frustraciones colectivas. Durante décadas hemos ido depositando sobre la escuela responsabilidades que antes estaban repartidas entre familias, comunidad, instituciones, asociaciones, la tribu.
Queremos que la escuela enseñe matemáticas, lengua e idiomas. Pero también educación emocional, alimentación saludable, igualdad, convivencia, educación sexual, ciudadanía digital, prevención de adicciones, gestión de conflictos, pensamiento crítico, orientación profesional, sostenibilidad, salud mental y uso responsable de la tecnología.
Y cuando algo falla, señalamos hacia el mismo lugar: La escuela y el profesorado.
Es una forma cómoda de evitar preguntas más difíciles. Porque admitir que educar es una tarea compartida resulta mucho más incómodo.
Y si en vez de disparar con lo de que bien viven los maestros y eso de que tienen muchas vacaciones, por qué no te preguntas ¿Cuántas horas dedica un docente a preparar clases, corregir trabajos, coordinarse con compañeros, atender familias, redactar informes, resolver conflictos, gestionar burocracia o sostener emocionalmente a alumnos que llegan al aula cargando problemas que nada tienen que ver con los contenidos académicos?
Hay una parte invisible del trabajo docente que apenas se ve, y lo invisible no suele valorarse. Quizá por eso muchos profesores hoy día viven una especie de exilio afectivo, desterrados a una especie de soledumbre, no porque busquen aplausos, ni reconocimientos, sencillamente porque perciben que hagan lo que hagan, nunca será suficiente, si exige, es rígido, si comprende, es blando; si corrige, traumatiza, si no corrige, baja el nivel; si pone límites, reprime, si no los pone, pierde el control.
Una profesión entera instalada en una paradoja permanente, se le exige todo y se le reconoce nada.
Pero sería injusto convertir este reflexión en una defensa corporativa, en el profesorado también es necesaria la autocrítica, porque el profesorado no siempre tiene razón, hay docentes acomodados, hay prácticas anticuadas y hay clases aburridas, hay quien confunde autoridad con autoritarismo o innovación con ocurrencia.
Como ocurre en cualquier profesión, negarlo sería tan absurdo como afirmar que todos los docentes son héroes, y no lo son, son personas y precisamente por eso merecen una mirada más justa.
Porque entre la idealización y el desprecio sistemático existe un espacio razonable, el reconocimiento crítico.
El profesor no es un salvador, pero tampoco es el enemigo. No puede sustituir a una familia; no puede resolver en solitario los problemas sociales; no puede compensar todas las desigualdades; no puede ganar siempre la batalla contra un mundo virtual diseñado para captar la atención de nuestros hijos segundo a segundo y al que las familias han sucumbido.
Por eso conviene volver a la pregunta inicial. ¿Qué te hizo realmente tu maestra?
Quizá nada. Quizá precisamente ahí resida el problema, nos acostumbramos tanto a quienes mantienen silenciosamente la educación de una sociedad que terminamos creyendo que su trabajo ocurre por inercia, como si fuera algo natural, automático, inevitable.
Hasta que falta.
Y entonces descubrimos que detrás de cada persona que sabe leer, escribir, pensar, convivir o soñar hubo, en algún momento, un maestro, una maestra, alguien que probablemente no era perfecto, pero que estaba allí. ( muchas veces cuando los demás no estábamos) Y quizá eso merezca algo más que sospecha, quizá merezca respeto.
(mi maestro D. José Cacho vive en mi)