Esta semana se cumplen 95 años de un encuentro mortal con lo imposible. Ocurrió el 20 de octubre de 1917, cuando Nicolás Sánchez Martín, regresaba en compañía de las hermanas María y Josefa Iglesias de una visita al mercado de Ahigal, en dirección al pequeño pueblo de Cambroncino, donde los tres residían.
Por el camino, en mitad de la noche, observan a lo lejos una extraña “luz” muy brillante que parece merodear por la zona. Las mujeres atemorizadas, deciden quedarse a dormir en Rivera Oveja, y esperar prudentemente a la mañana para reanudar su viaje. Sin embargo Nicolás decide continuar el camino pese a la existencia de aquel furtivo “lucero”. Aquella decisión tendría fatales consecuencias para él.
Montado en su mula se encamina hacia un pequeño riachuelo, obligado paso para llegar al pueblo, donde precisamente la pequeña “luz” se ha quedado estática, impidiéndole el paso.
Nos cuentan los ancianos de Cambroncino que viniendo desde Ribera Oveja vio venir “una farola encendida por el cascajal”. Llevaba al animal de la cincha, y al volverse, vio la luz encima de la bestia. Le atizó con el cincho, y fue entonces cuando la luminaria se le echó encima.
Blandiendo su cuchillo, Nicolás grita a la “luz” pensando que pueda tratarse de algún alma errante o ser maligno. Sin embargo, ésta se dirige hacia el ya asustado Nicolás colocándose entre las patas del animal.
La “luminaria” golpea al testigo haciendo que éste caiga de la mula. Tras unos segundos de intensa angustia y terror, el animal encabritado consigue zafarse de la bola luminosa y Nicolás, corriendo como alma que lleva el diablo, se mete en el barrio de El Teso, y muerto de miedo, cae enfermo en la cama.
A los nueve días del incidente, el infortunado testigo murió, a los 39 años, entre fuertes dolores y extrañas hemorragias, aunque hasta ese día la salud de Nicolás era extraordinaria.
Muchos años más tarde, en los años ochenta del ya pasado siglo, el extraño encuentro y su fatídico final atraen al investigador J.J. Benitez, y más de una década después al periodista Iker Jimenez, quien también se acerca al pueblo a investigar el extraño caso. Pero no son ellos los únicos que recuerdan al pobre Nicolás. Los vecinos de la zona aún no lo han olvidado.
Y aún hay quien afirma, como Clementina Dominguez, nonagenaria hurdana, que “el espanto” atacó de nuevo al poco tiempo. Así nos lo contaba hace unos meses, al cobijo de una buena sombra :
“Fue un hombre al Casar de Palomero. Al bajar de Rivera Oveja al río vio venir a una farola encendía hacia el cascajal. Allí lo esperó. Él no tuvo valor para hablarle y la luz no le contestó. Se metió pal barrio del Teso de Cambroncino. El hombre fue pa casa y la mujer le dijo ¿Cómo vienes así de asustado? Y él le dijo:
– Cállate, que me ha acompañao una luz y vengo austaíto perdido.
Y entonces llego un buen mozo fuerte y guapetón y dijo:
-Huy, ¿te has asustao? Pues mañana voy yo a Casar de Palomero a ver si me sale a mí…
¿Y sabe usted qué apostó? ¡La muerte! Eso lo puede creer usted como que el sol que está calentando…
Al desotro día llegó a la mitad del río, y allí se presento una sombra y pas, pas, pas, que le metió una paliza. Y él encima de la caballeriza con el dedo metido en el gatillo de la escopeta… y maldito si la escopeta disparaba. Le metió una paliza que lo llevaron a Las Calabazas y el médico dijo:
-Le han metido una paliza que le han hecho la sangre agua. Que le den lo que quiera porque no llega vivo a las cinco de la mañana.
Y a las cinco de la mañana murió”.
Pero en Cambroncino o en Rivera Oveja no son los únicos lugares hurdanos donde un encuentro con lo desconocido ha acabado en muerte. Hay muchos casos, pero como muestra, el botón que nos enseña el Tío Cristino, tamborilero y artesano que aún vende sus pipas realizadas con espuma de meteorito del Volcán del El Gasco, quien nos contaba, sentado en un taburete en la puerta de su casa, cómo un día frío, muy frío, se libró de la muerte. El tío Domingo no tuvo tanta suerte:
– Aquel día era un día que estaba muy frio, muy frio, tan frio que se las pelaba. El Tío Domingo iba a hacer carbón, y mi cuñado y yo también, pero nosotros tiramos hacia un sitio donde hacia menos frio. El se fue a donde siempre. Y se encontró algo por ahí, no sabemos qué ni porqué, pero no hizo carbón, se tuvo que bajar pa casa del susto. Era un hombre fuerte… ¡Y un genio que tenía el tío…!. Se metió en la cama, asustao, asustao asustao… hasta que murió.
Con qué o quién se encontraron los hurdanos en las sierras y en los valle no lo sabremos nunca. Pero si hay algo que no ponemos en duda es que, fuese lo que fuese, era para morirse de miedo. Literalmente.