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Israel J. Espino

Extremadura Secreta

Los asesinatos del convento.

No todos los conventos eran en Extremadura remanso de paz y jardín de himnos al Altísimo. Algunos venían ya con su historia trágica a cuesta, y otros la vivían día a día, que al fin y al cabo no todos los oficios en siglos pasados eran vocacionales, y menos los eclesiásticos.

Eso fue lo que pasó, a tenor de los escritos recogidos por  el historiador Salvador Daza Palacios, a lo largo del siglo XVIII en el Convento de San Antonio Abad, en Llerena, donde contaban los vecinos que era “un sin parar” de juergas, fiestas, peleas y agresiones, una especie de camorra castúa o, como afirman los escritos, “como si una mafia existiera allí y que no acatase ninguna orden”.

Pero veamos primero el escenario: El convento de San Antonio Abad, de la orden de predicadores o dominicos, fue fundado en 1554, en la antigua ermita de San Anton (o San Antonio Abad) de Llerena. Actualmente sólo se conserva el nombre de Ia calle (convento de Santo Domingo), y en el lugar concreto donde se asentaba el convento de los crímenes se levantan varias viviendas.

Llerena era la sede de la Inquisición (Jimber)

Y una vez conocido el escenario pongamos los antecedentes: Recordemos que en Llerena estaba la sede de la Santa Inquisición, y ya sabemos lo bien que se llevaba los dominicos, los perros  del Señor, con tan piadosa institución.

Este “buenrollismo” con el poder le daba a los dominicos una especie de patente de corso que deja perplejo a un dominico francés que viaja por el sur de España a principios del siglo  XVIII. Al parecer a la orden, por estos lares, no le faltaba detalle: fraudes al fisco, contrabando, operaciones económicas de dudosa legalidad, abuso de privilegios e inmunidades, líos de faldas,  hijos ilegítimos… el terreno estaba abonado para dar el siguiente paso.

El crimen. O mejor dicho, los crímenes,( pues fueron al menos dos sin contar los intentos de asesinato), nos lo cuenta, haciendo honor a su nombre, el marques de Valdeloro, gobernador de Llerena por esas fechas, en una carta privada que manda a un amigo suyo.

La crónica no tiene desperdicio, porque no se limita a contar lo sucedido, sino que se remonta a otro crimen cometido en el mismo convento por los mismo autores, años antes, y que al parecer quedo impune por no haberse investigado. Estas joyitas reincidentes eran  fray Thomas Martin, fray Francisco Cisneros, y fray Francisco Vegines, que ya habían intentado contratar a un gitano del pueblo llamado Juan Antonio Suarez para que asesinase al prior, quien alguna vez que otra les había afeado la conducta como poco pía. Pero el gitano, honrado donde los haya, los puso a caer de un burro mientas los amenazaba con “echarle las tripas fuera con las tijeras” si se le volvían a arrimar con semejantes encargos.

Los tres criminales, descubriendo que para hacer algo en condiciones hay que hacerlo uno mismo, decidieron cargarse a su jefe con un buena ración de veneno. Y esta vez lo consiguieron.

Y aquí es cuando entra en escena una nueva víctima,  Fray Juan de Orellana, el nuevo Prior al que mandan para cubrir la “baja” del recién asesinadito y poner fin a todos estos desmanes.

Al parecer, cuando el prior aterriza en Llerena se encuentra que eso, más que un convento, parece una sucursal de Las Vegas, y decide enviar una carta informando a sus superiores, pero como por la época no había correos electrónicos, tiene que entregarla en mano a un tal Juan de Arroyo, personaje un poquito corto que se deja convencer por los frailes del convento para abrir la carta y dejarles leer su contenido. Cuando los dominicos ven las acusaciones del prior no les hace ni mijina de gracia, por lo que deciden proceder con el nuevo prior como con el anterior: mandándolo al otro barrio sin billete de vuelta.

Prior que llegaba, prior que se cargaban... (Jimber)

Y así una noche, al poco de llegar, le sirven en la cena una tortilla envenenada con el mismo tóxico con el que se cargaron al anterior. Pero la  robustez de Fray Juan (y parece que las sospechas bien fundadas), consiguen salvarle la vida, porque se toma un antídoto y se salva.

Como la “omelette du poison” no surte efecto, deciden que es hora de contratar a un asesino. Imagínense ahora la escena porque es digna de película: se haya el prior en su celda y de pronto llaman a la puerta.  Es el asesino a sueldo, que afirma traer una carta urgente para el prior. Mientras el prior comienza a leerla, el asesino saca un palo que llevaba escondido (váyase usted a saber dónde), y le atiza dos trancazos en la cabeza que hacen que el prior caiga al suelo inconsciente. Creyendo el asesino que estaba muerto el fraile, huye como perseguido por los diablos.

Pero el Prior no está muerto, (aunque tampoco de parranda, las cosas como son) y los frailes se ven obligados a curarle las heridas para quedar bien. El Prior, que ya se ha olido la tostada, les pide por amor de dios que lo dejen vivir, pero los tres criminales, que hace ya mucho tiempo que olvidaron la caridad cristiana, deciden no andarse por las ramas y acabar por las bravas.

Se presentan los frailes en la celda del prior y  le dice algo así como:

–       Confiésate, padre, porque de ésta no te libra ni la virgen de los Milagros, que ya te ha echado dos capotes.

Debió ver el prior la determinación en los ojos de los asesinos, porque decide confesarse, pero tras dar cuenta de sus pecados (la realidad es a veces mejor que un guión peliculero) decide apagar de repente las luces que alumbraban la celda y lanzarse al corredor envuelto en la oscuridad, intentando huir de la muerte una vez más. Pero a la tercera va la vencida, y en el pasillo lo alcanzan los frailes asesinos y le asestan más de veinte puñaladas en la cabeza, con lo que eso tiene que doler.

... y sus almas siguen penando por las calles de Llerena (J. Espino)

Una vez convencidos de que esta vez el prior no respira, vuelven a la habitación del muerto y se reparten, como buenos hermanos, el dinero, el chocolate, los pañuelos y los muebles, que total, al prior no le hacían falta ninguna.

 

Juzgados y condenados los asesinos y sus cómplices, Daza deduce, sin embargo, que el rey Carlos III perdonó de alguna manera el delito cometido y que el peso de la ley no cayó con rigor sobre los asesinos.

Pero afirman otros, aquellos que creen en la otra vida, que si no pagaron sus crímenes en este mundo los pagarían en el otro. Y quizás, solo quizás, aún anden sus criminales almas vagando y penando por las calles antiguas de Llerena.

 

 

 

 

 

 

 

Leyendas y creencias de una tierra mágica

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.extremadurasecreta.com


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