La Catedral de Badajoz mereció en el siglo XVIII un desafortunado comentario de Antonio Ponz, que la calificó de monumento carente de gusto y de magnificencia. Aún con la evidente falta de verdad de la cita, menos todavía podría haberse referido el viajero al contenido del monumento. Sobre todo por la magnífica joya que alberga que sin temor a hipérbole puede calificarse de obra exquisita del Renacimiento.
Me refiero, claro es, a la lauda sepulcral, encargada para su tumba por Lorenzo Suárez de Figueroa, sobrino carnal del primer conde de Feria, hombre derrochador, disipado y de gustos exquisitos, que vivió entre esplendores en la Italia del Renacimiento, lejos de su tierra extremeña y de su dulce esposa, Doña Isabel de Aguilar, hija ésta de Bartolomé Sánchez de Badajoz, Secretario de Enrique IV de Castilla.
Atribuido durante mucho tiempo a Alessandor Leopardi, parece ser que el bronce lo hizo por 1503 Pier Zuanne della Campané, el que realizó para San Pedro Marcos, de Venecia, la Virgen della Scorpa.
El noble, fue embajador en Roma y Venecia entre 1494 y 1506, año de su muerte en esta Serenísima República. Lorenzo envió a Badajoz la lápida que debía cubrir su tumba, en la que como primer detalle de originalidad, no aparece el futuro difunto orante o yacente, sino de pie, con porte distinguido y vistiendo a la moda del momento.
Exquisitas filigranas y escudos de los Figueroa, Mendoza y Aguilar, existente como grutescos en la orla, completan el bellísimo conjunto de este bronce primorosamente ejecutado, que ostenta la también original inscripción redactada por el propio Lorenzo que dice así:
“Sepulcro de Lorenço Suarez de Figueroa y de Mendoça con doña Isabel de Agvilar su mvjer. Este en la juventud hizo según la edad y en las armas vso lo que convenia. Fue hecho después del Consejo de svs altezas y enviado embaxador diversas veces. Asi confirmó el exercicio con los años y dexa para despues esta memoria: lo que del mas sucediere dígalo su sucesor”.
Casado en Badajoz en 1481 con doña Isabel de Aguilar, no tuvo descendencia con su esposa. Tuvo, sin embargo, don Lorenzo un hijo que le sucedió en la embajada de Venecia: Gonzalo Ruiz de Figueroa, que también solía llamarse Gonzalo Ruiz de la Vega, hijo éste, según declara don Lorenzo en su testamento, de su amante vallisoletana doña Isabel Enríquez. Tuvo, además, una hija natural: Doña Leonor Laso de la Vega y Figueroa.
En 1974, en la Revista de Estudios Extremeños, tomo XXX, núm. III, pag. 503, don Alfonso de Figueroa y Melgar, Duque de Tovar, persona bien documentada en el Archivo de la Casa de Medinaceli, de Sevilla, nos dice: “Razón tenía la pobre de doña Isabel de Aguilar, pues además de dejarla abandonada, no tuvo con ella, pero sí con su bella amante Isabel Enríquez, una hembra, doña Leonor de la Vega, Fundadora y Abadesa del convento de Santa Ana, de Badajoz, fallecida en 1558, y Gonzalo Ruiz de Figueroa, también llamado Gonzalo Ruiz de la Vega…”. (Historia del Real Monasterio de Santa Ana, Sor María Celina Sosa Monsalve. Badajoz, 1995).
Lo cierto es que D. Lorenzo fue sepultado en Venecia y nunca utilizó su lápida sepulcral y su esposa, Dª Isabel de Aguilar, que se había quedado sola, abandonada en Badajoz, quedó dicho en su testamento de 1519 lo siguiente: “Dentro de la capilla en que yo estuviere no se entierre otra persona sino la mía, pues es justo que quien tan sola fue en la vida no tenga compañía en la muerte”.
Como el monumento nunca se utilizó, se desmontó el sepulcro y la lápida pasó a la Catedral de Badajoz, donde se puede contemplar actualmente en su claustro. Dada su enorme calidad, y el monto dinerario de su factura, podría al día de hoy calificarse la obra, como la encargada por un millonario del siglo XVI.
Solos y lejos reposan los protagonistas de aquel fracaso amoroso tan desigualmente repartido, porque a ella le toco la triste soledad y a él la alegría de un vivir fácil. Como única compensación las exquisiteces del esposo depararon a ambos cónyuges el pervivir juntos, grabados sus nombres en este bronce sin tumba, joya preciosa del Renacimiento, que es sin la menor duda el mejor ornato de la Catedral pacense.
Desde pequeño, y en el tiempo en que visitaba la Catedral con mis padres, he estado fascinado por la lauda, su inscripción, que constituye todo un programa de vida, su estética y su bella historia de amor y desamor, de encuentro y desencuentro, de vida y de muerte, donde las aguas de la laguna de Venecia confluyen con las del Guadiana, en la vida fulgurante de los embajadores y todo un imaginario en torno al Renacimiento, y su plateada estela en esta tierra.