Todos tenemos miedos. O quién no se ha asustado ante una situación en la que peligre su vida o la de algún familiar. Posiblemente los locos no tengan miedo a la muerte. Y no lo creo. Los animales cuando sienten el peligro reaccionan. Se defienden.Nosotros también. Otros en medio del pánico quedan indefensos ante sus agresores, que incluso rezan antes de que los maten. Algunos, se suicidan cuando el temor se hace manifiesto, y muchas veces aunque sean víctimas de unos asesinos más siniestros éstos deciden acabar con sus vidas. Pero el miedo…
Tal y como nos lo cuenta Hitchcok en “Sicósis” no es más que una cadena de secuencias donde el temor se va aumentando, y los espectadores que están viendo la película comienzan a sentir el pánico que éste nos quiere producir.
Nuestros imaginarios ahora son así. Los hemos vivido. Ya lo vivimos (lo vivieron) en los Estados unidos con la invasión de los marcianos, a pesar que su Orson Wuelles lo anunció antes por la radio que era una adaptación de la novela La Guerra de los mundos de H.G. Wells, publicada originalmente en en la última década del siglo XIX. y todos sintieron miedo. El pánico pudo más. Así son nuestros nervios. A uno le pueden decir que lo van a hipnotizar y que antes debe relajar sus nervios, que debe sentirse bien, y…
Ud. está en las manos de su hipnotizador. Imagínese esta circunstancia:
Alguien lo quiere matar. Como pueden existir testigos por alguna situación que desconoce, ya sea motivada por esos imaginarios en donde todo mundo sabe quién es usted, para evitar que se dude de que hay un asesinato y de quién lo hace, van haciendo una serie de trabajos sicológicos que de manera coordinada y reiterativa donde lo hacen aparecer como un demente o un degenerado. Y claro que lo logran en parte. A los niños cuando están en la etapa de ese aprendizaje que hace la escuela y la educación para formar a los jóvenes que tienen que cumplir un rol social que va desde su formación religiosa hasta sus principios éticos y morales que permitirán el sostenimiento de unos ciudadanos que hacen parte de un estado que los hará trascender como personas que tienen una familia y una función social, los que lo rodean le van formando una idea falsa sobre sus amigos o familiares que pueden crear odios y pasiones que para todo el mundo pueden pasar desapercibidos, pero para quienes los rodean saben que ya creado este incordio, pueden mediante la presión sicológica hacerlos cometer felonías.
En las guerras, tal y como ahora nos hablan de los grupos al margen de la ley, muchos de ellos casi niños caen en esas redes porque así lo quieren, o porque en ese adiestramiento sutil del imaginario, así como nos lo cuenta en parte Arthur Miller en “La muerte de un viajante” , que nos hace comprender la soledad que vive un mercader, éstos niños o personas caen no solo por la presión de la fuerza, sino porque dentro de su subconsciente que es colectivo creen que es su deber o su obligación moral, o como lo vemos en los grupos juveniles para estar en sintonía con sus amigos o sus parches como lo dicen aquí en Colombia, terminan haciendo lo que sus imaginarios colectivos les ordenan.
Pero hay otros que cuando se sienten compelidos por estos autores, tienen miedo. Y ese miedo en casos particulares van creando todo un malestar que los puede llevar a la locura o a la muerte. Es la sicosis que en cierta medida nos la refleja la película de Hitchcock que ahora por las vivencias que ha tenido el autor, comienza a entender el papel de tantos imaginarios que haciendo gala de sus buenos conocimientos sicológicos sobre una persona, y a sabiendas que están infrigiendo la ley a la que deben respetar, los convierten en sus conejillos de indias. Haciéndolos aparecer como locos, como degenerados, prevalidos de tener en sus manos el poder de decidir en las calles con sus informantes, los drogadictos que a sabiendas los usan para sus fines perversos, y con una sociedad que igual de socarrona también busca satisfacer sus intereses personales que pueden ir desde la ambición a conseguirse una casa barata, aprovecharse de la circunstancia para montar un negocio donde su competidor no pueda hacerle mella, o porque por debajo de cuerda puede haber alguna herencia, sutilmente los van degradando.
Los enervan. Los amenazan dentro de sus mismas casas, como para que no haya testigos diferentes a las de sus mismas amistades o familiares, y entre todos los llevan al desquiciamento. Y claro que lo logran cuando a la persona la han llevado al alcoholismo, o en alguna comida los ha drogado, y sus nervios han quedado expuestos a que cualquiera lo pueda atemorizar.
Los ladrones salen airosos. Todos muestran sus caras y todos gritan contentos porque para éstos la vida no vale nada.
Se mató. Lo mataron. Ese era su merecido. Este tipo de trabajos el autor lo ha sentido en carne propia durante muchos años, y solo hasta ahora lo está dilucidando.
Los muertos que han quedado en ese tipo de trabajos deben ser muchos. Muchos más de lo que cualquiera pueda pensar.
Que a Ud. en una casa, como le sucedió a mi imaginario particular en “La Casa Embrujada“, que durante años fue perseguido, incluso secuestrado en una noche que llegaba, y que durante años en toda una ciudad fue sometido a persecuciones, mientras sus perseguidores se burlaban de lo lindo, y todavía se burlan, pues casi lo matan. No se han conformado con enloquecerlo, sino que a diario hostigan con esas huestes de sapos y truhanes, que a veces uno llega creer que se es un deincuente. Solo a los delincuentes le pasa éso. Que lo vituperen en todos los negocios. Que ud. sea indigno hasta de comprar una mercadería para poder sobrevivir como un pequeño comerciante. Que lo amenacen o que sea el burlesco de criminales, porque en realidad eso es lo que son quienes los hacen. Que sea patrocinado por esas mentes oscuras que no le hacen ningún beneficio a una sociedad tan mediatizada como la nuestra.
Mediante sicosis viví en una casa amenazado durante más de tres décadas. Yo los llamo ladronzuelos de casas.
Mediante una tortura sicologica, durante más que esos años que digo, casi toda la vida, el autor ha sido llevado a extremos sicológicos que si los contara, nadie creería cómo una persona puede soportar semejantes improperios sin que ande loco. Este país tiene muchos imaginarios falsarios.
Hace años le decían el país del Sagrado cprazón de Jesús. Y en Bogotá, en la ciudad donde fui objeto de muchos desmanes sin contar otras, la llamaban la Atenas suramenricana.
Yo a éstos, los llamo “Los imaginarios de la sicosis”. Lo hacen soterradamente y tienen poder. Afortunadamente hasta ahora lo entiendo. Es una lástima que estos trabajos sean tan comunes cuando existe dentro de estos imaginarios muchos de bien. Lástima que particulares hagan de las suyas, y en especial contra sus mismos familiares o amigos.