Tengo dos amigas que hace un tiempo decidieron cambiar de país con el objetivo de encontrar un empleo. Hace unos años cualquiera que leyese estas líneas pensaría que mis amigas son sudamericanas, subsaharianas, africanas, o similar. Ahora, con la situación que tenemos, a nadie le extraña que mis amigas sean españolas. Este hecho plantea un par de cosas sobre las que me gustaría reflexionar; la primera es que todos los que hace unos años despotricaban contra los inmigrantes que nos visitaban haciéndoles causantes de todos los males que afectaban a nuestro país deberían pensar que la tortilla ha dado la vuelta y nos toca volver a lo que siempre fuimos, un país de emigrantes.
Nos acusarán a los españolitos de quitar el trabajo a los alemanes, de querer aprovecharnos de su Estado del Bienestar, su Sanidad y sus Prestaciones Sociales. Esto lleva a la segunda reflexión; es una pena que esa gente que antes criticaba todo lo que venía de fuera ahora no se atrevería a salir de nuestras fronteras para comprobar “in situ” qué se siente cuando se convierte uno mismo en el blanco de la ira fácil de los locales.
Pero volvamos a mis amigas. Elo y Ele. Dos jóvenes perfectamente formadas que decidieron buscar en Alemania y Londres (eso parece un país entero) su futuro. Estudios universitarios, másters, varios idiomas y mucha ilusión como carta de presentación. Como detonante de la decisión una etapa de hartazgo, fruto de no encontrar ni en su ciudad, ni en su país una salida a toda esa formación que durante años sembraron con el esfuerzo de sus padres. –No sólo porque no encuentro trabajo sino porque ni siquiera tengo una oportunidad– dice una.
Las dos experiencias están siendo diferentes. Hay buenos y malos momentos. Alguna ha probado los sinsabores de la intolerancia. Han pasado de una casa con todas las comodidades a un cuarto de pocos metros cuadrados como espacio vital. Están teniendo sus primeros ensayos laborales y conociendo a gente diversa en su misma situación. Nuevos grupos de amigos en los que se apoyan. –Aquí la mayoría estamos solos pero luchamos por lo mismo– destaca Ele.
Me gusta seguirlas a través del Facebook porque las noto cerca y, ahora también, para ver si es cierto que tienen lo que la secretaria general de Inmigración y Emigración considera como “impulso aventurero de la juventud”.
No soy yo quién para desmerecer la opinión de tan alto cargo del Gobierno pero me suena un poco banal e insustancial y, si me lo permiten, creo que hasta hacía apología de la emigración. Invitando a nuestra juventud a “dejar de ser locales”, siguiendo un espíritu transmitido en formato de “Callejeros Viajeros” o “Españoles por el Mundo” donde todos son felices, han triunfado y se han adaptado de medio de forma milagrosa.
Y no digo yo que no sea cierto. Que la gente triunfe y que consigan sus metas, pero no se olvide la señora Marina del Corral que en esta aventura, tanto los que salen en la tele, como mis amigas Elo y Ele coinciden en una cosa: que lo más duro es separarse de la familia y los amigos. Que los sentimientos juegan un papel fundamental en ésta y en todas las aventuras, y que es más difícil de lo que parece tomar la decisión de cambiar la vida que llevas y separarte de la gente a la que más quieres. Hay que contarlo todo, no se piense la gente que esto es jauja.
La aventura es salir a buscarse la vida cada día. Que no te caiga una maceta en la cabeza o te venga un tipo en dirección contraria en la carretera. La aventura es sacar adelante a tu familia, tus estudios o tus metas. No caer enfermo y ver feliz a los que quieres. Salir de fiesta y volver. En definitiva, la aventura es vivir y el “impulso aventurero de la juventud” (y de todos) no entiende de edades sino de circunstancias.
Les deseo mucha suerte y mucha felicidad a Eloísa y Elena con su devenir diario y les agradezco su conversación. Ojalá se cumplan sus sueños. Aquí mucha gente está con ellas. También estamos con Ramón, con Fernando y con tantos que conozco y conocemos que están buscándose la vida lejos de nuestras fronteras (locales o nacionales, qué más da).