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Amor, latín y fin del mundo

Pues no se ha acabado el mundo. Después de interminables conversaciones, programas en los medios de comunicación, anuncios en las redes sociales y similares advirtiendo de que el final inminente se acercaba, el día 21 pasó delante de nosotros sin pena ni gloria. Y, aunque puedo admitir que encomendarse a la Providencia Divina es jugar con ventaja, la mayoría de los mortales que hemos pasado diez o doce fechas de fin del mundo con el mismo resultado, intuíamos que todo quedaría en agua de borrajas.

Yo, que de toda la vida he sido un apóstol de la “ley del Mínimo Esfuerzo” y del “Apretón del Vago”, me he hecho el remolón a la hora de actualizar este blog con la idea de no gastar tiempo en teclear si al final la lluvia de meteoritos prevista para estas fechas se hacía realidad. Y no pasó nada, pero si la tormenta que sufrimos en Nochebuena llega a caer tres noches antes, a buen seguro que alguno se hubiese tirado del puente.

Y como la vida sigue, y estamos en fechas tan señaladas, me uno al sentir general de felicitar las fiestas a todos los que perdéis unos minutos en leer estas líneas. Con mis mejores deseos de felicidad y amor. Sobre todo amor.

Hay muchos tipos de amor pero uno de los más bonitos por su inocencia, por sus connotaciones, y lo que conlleva de aventura y descubrimiento es el amor de adolescente. Un tipo de amor que el Director del Bachillerato de Excelencia de la Comunidad de Madrid pide que aparquen sus alumnos.

Yo entiendo que este señor, debido a su responsabilidad académica, quiere lo mejor para sus alumnos. Sus consejos se centran exclusivamente en el ámbito educativo y con el objetivo de mejorar los expedientes que, a la postre, son los que también evalúan su trabajo y el de sus compañeros docentes. Hace la recomendación a los padres para que sean ellos los encargados de quitar de la cabeza a sus hijos todo lo que no tenga que ver con los estudios sin pararse a pensar que, esos padres, seguramente ya hayan advertido a sus hijos de los problemas de centrarse, a esas edades, en cosas ajenas al expediente académico.

El problema es que con 17 y 18 años nadie puede controlar lo que pasa en los cuerpos. La revolución de las hormonas, la necesidad de ser aceptado, relacionarse y formar parte de algo también es objetivo de nuestra chavalería. Y, aunque estos que cursan el Bachillerato de Excelencia, parecen tener la cabeza bastante bien amueblada académicamente hablando, también son jóvenes iguales a todos los demás, con sus deseos y con sus amoríos.

Un amor y un desamor pueden tirar por tierra un curso académico o la posibilidad de perder nota para estudiar la carrera que quieres; pero también es cierto que, a parte de los estudios, los jóvenes se tienen que formar también como personas. Y esto sólo lo hace lo que se conoce como “vivir la vida”. Les tienen que pasar las cosas que están relacionadas con su edad y lo que deberíamos recomendar es que si tienen problemas de amores, adicciones, malas compañías o algo que les pueda torpedear el centrarse en los estudios, tienen que hablarlo y comentarlo con alguien que pueda solucionarles los problemas o, al menos, ofrecerles alguna alternativa. Los problemas los van a tener, lo importante es que sepan superarlos. Querer que se olviden del mundo que hay fuera del Instituto es como querer encerrarles en un Monasterio (el método tradicional).

Yo os deseo a todos y todas mucho amor, ánimo para superar los palos de la vida y capacidad para cumplir tus deseos y tus metas aunque el niño o niña de tus ojos te dé calabazas. Feliz año nuevo.

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