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A Merkel le preocupa el paro juvenil

Imagino que a alguno de vosotros le pasa lo mismo que a mí. Cuando nos llegan noticias de una nueva encuesta que pone de manifiesto que vamos de culo, cuesta abajo y sin frenos intentamos cerrar los oídos porque tenemos el cerebro un poco cansado de tanta primicia pésima.  No siempre es posible abstraerse puesto que los medios de comunicación son muy persuasivos y se ponen de acuerdo en lanzar a destajo las vergüenzas de nuestro Estado. Tampoco es muy recomendable darle la espalda a la realidad porque no te sirve de nada y no vas a saber de qué hablar en todas las tertulias no deportivas.

Lo último que hemos desayunado hace unos días es que la tasa de desempleo juvenil ronda en España el 55%. Escalofriante. Imagino que casi el total del 45% restante estará estudiando. Algunos habrá trabajando pero los deben tener escondidos para no mostrar lo que les pagan.

Le preocupa hasta a la Señora que manda en Alemania. Y lo dice en Davos (la estación de esquí más pija de toda Europa. Donde van mis amigos Isa y Miguel). Dice que no es por los ajustes y que hay que plantear “medidas puente” hasta que las reformas surtan efecto. Mejorar la movilidad de los jóvenes en Europa y romper barreras de idiomas, justo el mayor problema de la “Unión Europea”. Miedo me da pensar que se refiere a que quiere a los españoles mejor formados y que sepan alemán. El resto le sobran porque de otros países se lo hacen más barato.

Ella sabrá a qué se refiere pero a mí me preocupa lo que pasa dentro de nuestras fronteras. El paro juvenil siempre ha sido un problema añadido al paro total porque su porcentaje siempre ha sido superior. Nuestras tasas de desempleo han estado en la cabeza de los rankings europeos desde que tengo uso de razón. No es un problema de los jóvenes de ahora sino un problema de ser joven en un país que siempre ha fallado en la aplicación de políticas de empleo. Y para una vez que nos iba bien era porque estábamos inmersos en una burbuja que nos ha estallado a las primeras de cambio.

Espero que no centremos las medidas transitorias que nos dice la alemana exclusivamente en repartir peces sino en enseñar a pescar. Los alimentos solamente palían el hambre física y no la sensación de utilidad personal, ni social. Es necesario que los kilos de arroz vayan acompañados de medidas que palíen el efecto desánimo que puede hacer mella en la idiosincrasia alegre que nos ha caracterizado como pueblo. Es necesario apoyar las iniciativas alimentarias de las asociaciones y Ongs pero no dejemos de lado otras iniciativas del mismo tercer sector encaminadas a mostrar lados más educativos e, incluso lúdicos. Todo vale para subir la moral. 

Las personas necesitan soluciones. Saber quién está dispuesto, en los tiempos que corren, a ofrecer un empleo. Luchar por conseguirlo, negociar las condiciones, aunque sepa que infravaloran su trabajo y, si lo consigue, aferrarse a él como a lo más sagrado. Da lo mismo que no te guste o que hayas estudiado para otra cosa. Es triste decirlo pero estamos en una situación donde la gente está dispuesta a prostituirse laboralmente hablando. Todo por salvar una familia, una hipoteca o un proyecto vital.

Mi abuela acaba de cumplir noventa y cuatro años con una lucidez mental envidiable. Le gusta conversar de la actualidad y que le cuente mi punto de vista de las cosas y, aunque a veces se escandaliza un poco de mis posturas sobre “ciertos temas”, acaba entendiendo mis razonamientos. Muchas veces le digo que ellos empezaron su vida muy mal y la acabaron muy bien y que nuestra generación empezó muy bien y no sabemos cómo acabaremos.  

 

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