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Humanismo de barrio

Hace algunos días ha muerto José Luis Sampedro. La verdad es que no me voy a tirar el rollo de que hace muchos años que le sigo ni nada por el estilo. Nunca le he seguido, ni he leído nada suyo, ni le he prestado especial interés pero como devoro casi todo de un periódico, en el formato que sea, he leído algunas cosas sobre sus ideas que han aparecido publicadas y me ha gustado el planteamiento de humanismo económico que propugnaba y esa especie de utopía social de mirar por la dignidad de las personas por encima de muchas cosas a la hora de plantear un modelo de sociedad.

No hablo de economía porque no sé. Y menos de “economía- social” que en los tiempos que corren parecen términos antagónicos. Tampoco me he sumergido en la lectura de Petrarca para profundizar sobre el humanismo como corriente filosófica, pero si se puede plantear algo de humanismo en nuestras relaciones cotidianas y trasladar ideas de sobre la dignidad de las personas a nuestras vivencias cercanas.

Es un humanismo que nada tiene que ver con el dinero, las rentas, el patrimonio o las faltas de todos ellos como premisa económica. Nada tiene que ver con reivindicaciones, manifestaciones, campamentos u otras opciones tan loables para hacer sonar cualquier voz. Tiene más que ver con realizar pequeños gestos cotidianos que nos hagan la vida un poco más armoniosa. Es lo que denomino humanismo de barrio.

No es más que buscar esa parte amable que todos tenemos y aplicarla en cosas que no nos cuesten dinero o nos comprometan. En una ciudad como la nuestra (y en casi todas), se podría suavizar mucho la convivencia ofreciendo un semblante amable si trabajas cara al público, si guardas tus colillas hasta la próxima papelera o si intentas ponerte en lugar del otro antes de reprender algún tipo de acción. Sé que van a decir que parece fácil pero no todos los días se consigue al cien por cien; me incluyo entre los que lo intentan y no siempre les sale.

Hacer un favor si puedes, devolver un móvil o una cartera que te encuentras o incluso recoger las cacas de tu perro puede resultar una tarea ardua para algunas personas. Pero bien es cierto que uno se encuentra mejor cuando agradeces con un gesto que pare un coche por ti en un paso de peatones, también el caso contrario y parar ante un desconocido que cruza cuando conduces. Si dedicas unas horas a alguna causa voluntaria o, simplemente, no te dedicas todo el día a criticar a los demás sin mirar tu propia existencia te sientes mejor y planteas los problemas de otra forma. Y los demás también se sentirán mejor contigo si no haces bromas pesadas o vacilas al más débil.

Pruébenlo. Si pensamos un poco, seguro que sacamos muchas actitudes que favorecerían el humanismo de barrio; actitudes positivas que, al margen de lo que piense cada cual, nos mejorarían como personas que somos y como sociedad en la que nos toca vivir. Rebajemos el nivel de mala leche en nuestro convivir con el entorno y centrémonos en cómo salir hacia adelante intentando perjudicar lo menos posible a los demás.  Eso sí, ante los listillos que confunden bueno con tonto y que no respetan nada ni nadie, tolerancia cero en el humanismo de barrio.

 

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