Según la wikipedia, yo no soy nativa digital…como mucho, cuentan, puedo aspirar a ser inmigrante en esto de las “nuevas” tecnologías. ¿Y por qué? Pues porque al parecer, la tecnología digital se inició con fuerza en 1978, y todos los nacidos antes de esa fecha no pueden ser sino unos advenedizos. ¡Vaya, cualquiera lo diría, si no paro de toquetear con el dedazo la pantalla de mi smartphone! ¡Si wathsappeo como una posesa y no paro de comentarlo todo en el FB!
El caso es que nuestros niños son homo sapiens digitales con todas las de la ley. Muchos de ellos fueron grabados durante el trance del nacimiento con los teléfonos de sus padres y sus primeras fotos fueron lanzadas a las redes sociales prácticamente en tiempo real. Incluso antes: ¿no habéis visto cómo las/los futuras mamás/futuros papás pegan en su muro la imagen de la ecografía? Hay que tener mucha imaginación para distinguir en esa especie de nebulosa negra un piececito o una manita, pero cualquiera le quita a los progenitores en ciernes la ilusión. Y ahí empieza todo.
“Mira lo que tengo”, me ha dicho esta mañana con lengua de trapo mi hijo. Eso tan valioso que tenía era mi teléfono móvil. Yo tenía un miedo enorme de que terminara en la taza del váter, pero también mucha curiosidad por saber cómo iba manipulándolo. Ha empezado a acercárselo a la boca y a decir “mamá, papá”. Yo utilizo con bastante asiduidad el servicio de mensaje hablado (dicto el texto y se traduce directamente a SMS) y él me ve. Y ahí estaba, pura imitación de mis actos.
También le he visto alejándose el aparato y apuntando a objetos como cuando hago una fotografía. Con menos de dos años ya conoce las aplicaciones de este elemento que llegó a nuestras vidas para no salir de ellas. Dentro de poco llevará el móvil en el bolsillo, lo estoy viendo. Compañeros y amigos con hijos o sobrinos me cuentan que hacia los 10-12 años llega el glorioso día en el que se les compra esta especie de apéndice corporal del que ya no se separarán y por el que sufrirán enormemente cuando lo pierdan o se rompa. Pura droga.
Con el ordenador pasa algo parecido, aunque desde que los móviles hacen tantas cosas creo que lo enciendo menos. Lo ve encima de la mesa del comedor, teclea, lo mira. Sabe que puede ver dibujos y sus fotos. Es un elemento más de la casa, cotidiano, como la cocina o como sus juguetes. Capítulo aparte merecería el interés que le suscitan los cables y clavijas, el router o las regletas de los enchufes. No consigo quitarle la atracción al abismo y al cortocircuito.
Comentaba al principio cómo las redes sociales sirven para informar sobre los avances de nuestros hijos, sobre sus dientecitos, sus primeros pasitos o sus travesuras. Yo no he colgado ninguna fotografía de Pablo en la red. No es que tenga nada en contra de compartir ciertos momentos, pero mi perfil de Facebook está concurrido, es “semi-profesional”, por llamarlo de alguna manera, y cuenta con algunas personas con las que solamente tengo una relación de trabajo o lejana. Reconozco que me da un poco de miedo perder el control sobre el destino de ciertas imágenes. Así que a quien quiero que vea fotos, se las mando directamente por “privado”.